En 2021 fue diagnosticada con cáncer de lengua, una enfermedad con la que luchó para no perder la voz y hoy totalmente recuperada cuenta su historia

Lo que comenzó como una inofensiva mancha en la lengua, se transformó en una llaga creciente. En mayo de 2021, la actriz Martha Liliana Ruiz, recordada por su participación en el Concurso Nacional de Belleza de 1982 y en producciones como Señora Isabel, La mujer en el espejo y Luna, la heredera, recibió el diagnóstico: cáncer de lengua.
Su voz es su herramienta de trabajo y su sustento. El panorama inicial era desolador: debían extirparle una tercera parte de la lengua y reconstruirla con arterias de su brazo. La advertencia médica fue tajante: quedaría con una grave lesión fonética y probablemente no volvería a hablar. En medio de la angustia, mientras su esposo Andrew Clarkson temía lo peor, Martha sintió la urgencia de dejar todo en orden.
Tuvo una conversación dolorosa con su hija menor, de quince años. Le entregó contraseñas, cuentas e instrucciones para su funeral.
—Mira, esto es lo que hay. Mis cosas son estas, entrégalas de esta manera… si algo me pasa, aquí están las personas que se van a encargar de mi funeral. No te afanes, está todo arreglado, uno no tiene la vida comprada— le dijo.
Ante la anestesióloga, guardó una plegaria: —Yo solo le decía a Dios: “Regálame diez años más a que mi hija sea profesional”.
El dilema de someterse a la reconstrucción la atormentó durante semanas. Faltando cuatro días para la operación en agosto de 2021, sus amigos Juan Manuel Correal y Carolina Ortega la llevaron ante la Virgen María. Allí encontró claridad. Llamó a su cirujano y rechazó la reconstrucción:
—Quítame el cáncer, que yo terminaré hablando como Dios quiere que hable.

La cirugía fue un éxito, pero al mirarse al espejo sintió pánico.
—De verdad me asusté. Mi lengua literal estaba colgando, era un pedacito atrás la que la sostenía— confiesa. Sin esperar a que le retiraran los puntos, comenzó una rehabilitación intensa con la terapeuta Gladys Combariza.
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Sobrellevar la cotidianidad fue una prueba de fuego, tragar saliva era una batalla:
—Para mí era complicadísimo. Me ahogaba con la saliva. Es más, si ahora hablo muy rápido me toca parar un momento, porque mi lengua no está completa—.
Comer se volvió otra tortura. Al no poder empujar la comida hacia atrás, debía usar babero. Avergonzada, pidió comer sola, pero su familia se opuso: “No, nosotros somos una familia y te acompañamos”. Sus seres queridos la arroparon y pronto la llevaron a restaurantes. La constancia de repetirse las terapias en casa aceleró su recuperación.
En ese doloroso silencio, Martha comprendió el mensaje de la enfermedad:
—Literal, me mordió la lengua y yo creo que eso tuvo que ver con el “mejor me quedo callada”. Muchas veces, por no generar controversia, me callé en lo laboral y en mi vida personal. Aprendí que las cosas se dicen, o si no, al tragárnoslas, nos enfermamos. Ese es el origen, lo tengo claro.
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Reencuentro amoroso
Hoy, a sus 62 años, experimenta un renacimiento. Vive a las afueras de Tampa (Florida), al lado de Alex Petersen, su primer amor de la adolescencia en Anaco (Venezuela). Durante veinte años, Martha lo creyó muerto en un accidente de tránsito en Texas del cual Alex se salvó a última hora al ceder su puesto en el auto. Décadas después, una sugerencia en Facebook propició el reencuentro.
—Óyeme, ¿tú eres Alex Petersen? ¡Yo te daba por muerto! ¿Qué pasó?— le escribió.
El amor resurgió y se casaron cuando ella tenía 54 años. Ante quienes cuestionaban su decisión por la edad, respondía:
—Ay, ¿usted ya qué se va a casar? —.
—¿Y por qué carajo no? Yo todavía tengo ganas. El amor no tiene edad, definitivamente—.
Establecida en Estados Unidos, Martha trabaja en fotografía, network marketing y se certificó como life coach. Publicó el libro Conviviendo con Ackerman sobre su proceso de salud, regresa a Colombia a grabar cuando tiene proyectos y sigue escribiendo teatro tal como Las Ejecutivas. Asiste a controles médicos periódicos sin permitir que la ansiedad la gobierne.
—Yo soy una mujer real. Me toca cocinar, hacer oficio, atender a mi marido, atender a mi hija… soy un ser humano que lucha por no perder la esencia—. Desde su rol de coach, concluye: “Yo he estado en el fondo del abismo y sí hay solución. Todas las noches, por más oscuras que sean, tienen un amanecer”.


