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Aunque Colombia se independizó, nunca rompió con su conciencia colonial. Su dirigencia aún reproduce las viejas estructuras de poder

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Eran modestos españoles, llegaron a tierras americanas en plan colonizador de la España colonialista. Adquirieron grandes extensiones de tierra gracias a Mercedes Reales convirtiéndose en poderosos terratenientes. Aquí se les acabó la penuria económica y debieron sentirse duques europeos, vasallos del rey español.

Tenían el cuerpo y las riquezas en suelo americano, pero sus almas se quedaron en la España medieval. Habitaban el Nuevo Mundo destrozados por la nostalgia del viejo Mundo. Allá estaba el pasado familiar, también el poder del rey al que tanto admiraban y amaban.

Colonizaron con la misma saña de la conquista: con la espada y la cruz, el poder militar y la religión católica, por la razón o por la fuerza. Cultura colonial tatuada en sus conciencias imposible aún hoy de erradicar. 

Alucinante cultura colonial, los incitó a autoproclamarse aristócratas del Nuevo Mundo, a ver al indígena como un ser inferior al europeo, al negro inferior al blanco, la mujer inferior al hombre. Preservaron su espíritu de colonos ante cualquier imperio y nunca se independizaron mentalmente para construir una Colombia digno.

Se opusieron a las ideas liberales, las que habían ganado grandes espacios en Inglaterra y Francia, en el pensamiento científico y artístico, entre filósofos y economistas. Les pareció más brillantes para el futuro de las tierras americanas y para sus intereses económicos y sociales la tradición construida sobre la moral militar, la lealtad al rey español y lo peor del catolicismo.

En tiempos turbulentos de la independencia, defendieron con espíritu conservador la dependencia colonial. Así quedó consignado en el cabildo de Girón, Santander, en 1810, mientras Pamplona y el Socorro promovían la independencia. 

Grande la lucha de Bolívar contra ellos, debió declarar la Guerra a Muerte a los americanos pro coloniales quienes apoyaban al rey y a Pablo Morillo en su régimen del terror. Familias de abolengo como la de Don José Pantaleón Gutiérrez debieron cuidarse del mandato liberal. 


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Bastaron dos años, 1848 y 1849, para crear los dos bandos tradicionales de Colombia: liberal y conservador. El de ellos fue fundado por Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro. La incapacidad del partido liberal para organizar el país, produjo la Constitución de 1886 liderada por Rafael Núñez, otro liberal convertido al conservatismo de extrema derecha.

Desde entonces, el país se convirtió en República, pero con conciencia de virreinato. Se endureció y centralizó el gobierno, se concedió mucho poder al presidente, se reconoció mucha autoridad a la iglesia católica. El exceso de conservadurismo dividió al propio conservatismo en nacionalistas o conservadores de extrema derecha, e históricos o conservadores simplemente de derecha, dispuestos incluso a conversar con liberales.

44 años duró la hegemonía de la extrema conservadora -1886-1930- con grandes descalabros sociales y humanos: se perdió Panamá de tanta sumisión con Estados Unidos, no hubo ningún desarrollo nacional con los millones de dólares por el cercenamiento del país, se hizo la guerra de los mil días por no dialogar con liberales, hubo las masacres de las bananeras por no discutir el pliego de peticiones, se asesinaron líderes políticos como Uribe Uribe y más tardes a Gaitán. Muchos de los liberales se convirtieron en bandoleros; más tarde, en guerrilleros, y ahora, en narcotraficantes… 

Y así continúa hoy la Historia de Colombia, congelada en el tiempo, con un gobierno de extrema derecha, de espíritu ultraconservador, dispuesto a toda violencia, con presidencia virreinal, utilizando las fuerzas militares del Estado, gobernando con todas las iglesias posibles y un alma profundamente neocolonial. Solo hemos cambiado de imperio sin modificar la vieja costumbre colonial. Somos mañosamente gatopardista, diría yo, donde todo cambia para que nada cambie, según Tancredi, personaje de la icónica novela de Lampedusa.

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