El bogotano que hizo de la obra de Fernando Botero una mina de oro vendiendo sus cuadros en miles de millones de dólares

El bogotano que hizo de la obra de Fernando Botero una mina de oro vendiendo sus cuadros en miles de millones de dólares

Felipe Grimberg acompañó al maestro desde sus inicios hasta sus últimos días. Vendió cerca de 500 de sus obras; algunas alcanzaron los 3 millones de dólares

A pocas semanas antes de morir, Fernando Botero le contó a su gentil esposa y a su amigo, el vendedor de arte, que estaba pintando unas acuarelas sobre papel. Atrás habían quedado las gigantes ‘gordas’ por las que hoy lo conocen en todo el planeta. 

Aunque su mano hacía tiempo había dejado de ser una extensión fiel de su pincel por culpa de un agresivo parkinson, el maestro continuaba pintando en su taller durante jornadas de cuatro y cinco horas, esperando a que se cumpliera su deseo de que la muerte le llegara cuando él estuviera sentado pintando.

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Allí, rodeado de brochazos que hoy fácilmente alcanzan los miles y hasta millones de dólares, Felipe Grimberg recordaría cuando era un adolescente de 20 años que corría por todo el mundo de exposición en exposición detrás del maestro antioqueño a la espera de un poco de atención.

Ante tanta insistencia, Botero, un hombre serio, silencioso pero amable, le preguntó: ¿qué pasa, qué quiere? El joven Felipe le dijo: “Quiero vender su obra”. Solo le vendo a galerías, fue la respuesta seca y cortante que recibió por parte del maestro. 

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Felipe Grimberg entendió que aún no llegaba su momento, del mismo modo que aprendió que si quería ser un buen vendedor, no se podía enamorar de las obras. Estudiaba administración textil, pero abandonó las aulas para trasladarse al exclusivo mundo del comercio de arte, donde años más tarde se convirtió en uno de los personajes más respetados de la escena.

Desde temprana edad el bogotano era un experto en las cuestiones del arte. La primera obra que compró fue un autorretrato de Alfredo Guerrero. Acababa de adquirirlo cuando vio entrar a la galería al mismo artista. Fue como si se hubiera salido del cuadro. Esa vivencia lo marcó para siempre.


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Luego emigró hacía otros mercados. Compró unas cuantas obras latinoamericanas en subastas en New York y Paris, pero aún no llegaba el momento de negociar directamente con los artistas. Mientras tanto, aprendió todos los vericuetos del negocio, en el que poco a poco se empezó a mover como pez en el agua. 

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Finalmente, 15 años después de su primer encuentro con Fernando Botero, llegó el día. El artista llamó a Grimberg porque estaba encartado con una pequeña escultura que no había tenido el resultado final que esperaba el maestro antioqueño. 

El bogotano, que llevaba buen tiempo esperando su debut, vendió la pieza en 100 mil dólares, aproximadamente, 300 millones de pesos de hoy. Con esto se selló una amistad laboral por la que corrió tanta pintura como dinero. La cuenta exacta no se sabe pero, aproximadamente, Grimberg vendió más de 500 Boteros, que le valieron su tan merecido apodo de “Botero Man”. 

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Las que mejor se vendieron fueron las esculturas de gran tamaño por las que pagaban en promedio 3 millones de dólares, cifra que también alcanzó un cuadro que Botero pintó en los años 60, uno de los negocios más memorables que cerró Grimberg. 

Por sus manos también pasaron obras de Picasso, de Warhol, de Claudio Bravo. Con todos cerró negocios millonarios, utilizando su implacable talento como vendedor de arte.

Todas sus experiencias junto a Botero las plasmó en su libroSelling Botero, el cual fue presentado en 2015 en el hotel JW Marriot de Bogotá, donde asistió el pintor junto a su esposa Sophia Vari. 

Sin embargo, antes del evento en la capital, Grimberg hizo una parada en Cartagena, la ciudad de sus afectos donde pasó su infancia y donde conoció a Alejandro Obregón, Enrique Grau, Alfredo Guerrero, entre otros grandes. Allícompró una casa, que a veces presta para exposiciones y en la que planea pasar su vejez. 

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Actualmente, el bogotano está radicado en Miami, donde tiene una galería de arte desde la cual sigue dedicado a su pasión de comprar y vender obras, impulsando el surgimiento de nuevas promesas como es el caso de Jacob Hashimoto, el estadounidense conocido por hacer obras de tamaños tridimensionales, como en su momento las hizo el gran maestro Fernando Botero. 

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