la dura confesión de Marcelo Cezán

la dura confesión de Marcelo Cezán

Llegó a ganar $150 millones al mes, el alcohol y las drogas lo llevaron hasta el mismo Bronx, pero el refugió en la iglesia de Andrés Corzo le dio otra oportunidad

Jovial y carismático, Marcelo Cezán (nacido en Cali y bautizado Edgar Gómez) era sinónimo de éxito. Su transición del modelaje a la música y la actuación lo coronaron como un ídolo en Venezuela, con contratos que alcanzaban los 40.000 dólares mensuales. Ante las cámaras, él era el “chico rating”; pero en la intimidad colapsaba con frecuencia.

Durante quince años, entre 1995 y 2010, Cezán habitó en una paradoja. Mientras el público aplaudía sus papeles protagónicos y sus discos, el actor se sumergía en una espiral de descontrol, adicciones y despilfarro. Las luces del set enmascaraban una caída libre.

“Yo tuve un momento oscuro que duró la medio pendejadita de quince años. Lo que pasa es que dentro del momento oscuro yo seguía produciendo, yo seguía triunfando, yo seguía trabajando, yo seguía teniendo premios. Entonces, eso tapaba un poco la caída libre en la que yo sabía en el fondo cuando llegaba al final del día a mi casa y me miraba al espejo, yo decía: ‘Pucha, voy en picada’, pero no se nota ante el mundo…”, contó en el podcast El placer de tenerte, de Anny Chavarría.

El espejismo de la abundancia

Cezán se autodenominó el “rey de la fiesta”. Su casa en Bogotá se transformó en el epicentro de la bohemia y la abundancia económica se convirtió en gasolina para su autodestrucción. En esos años de descontrol, el actor perdió una fortuna gigantesca que estima en millones de dólares. Se vio obligado a entregar apartamentos, vender lotes y deshacerse de inversiones.

El descontrol lo llevó a situaciones extremas. En una de esas noches interminables, cuando la fiesta se apagó en su casa y el desespero por consumir lo dominó, Cezán terminó en el Bronx (en ese entonces conocido como “El Cartucho”), vistiendo pijama y babuchas a las tres de la mañana. Fue un habitante de calle quien, al reconocerlo, lo empujó de vuelta y lo sacó de ahí, salvándolo en medio del peligro de la zona.

La realidad terminó por pasar factura en diciembre de 2010. El primer frente en derrumbarse fue el laboral. Su mánager de entonces, Viviana, le dio un golpe de realidad definitivo: “Es que nadie quiere trabajar contigo”. Ninguna productora quería arriesgarse con un Marcelo inestable, calificado de conflictivo y rumbero.

A la ruina profesional se sumaron las deudas, el distanciamiento, los conflictos que tenía en sus relaciones amorosas y el dolor de sus padres, quienes pasaban noches enteras en vela esperando señales de un hijo que no se reportaba. En medio de ese panorama, su mente se llenó de pensamientos suicidas. Llegó a creer que la situación lo había superado y que el final era la única salida practicable.


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“Yo ya tenía pensamientos suicidas de decir: ‘Bueno, ya esto me quedó grande, ya esto qué, que pa’ dónde más voy a echar’. Arruinado, feo, enfermo, quebrada mi familia. Profesionalmente, solo, en menos de cero. Entonces, sí pensé en terminar y decir: ‘No, hasta aquí llegué. Bueno, ya'”.

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El amanecer y la Navidad

El punto de quiebre ocurrió el 24 de diciembre de 2010. Al borde del abismo, Cezán encontró un salvavidas en personas cercanas que actuaron como guías invisibles. Una conversación profunda sobre la espiritualidad con la cantante Adriana Lucía sembró una semilla de duda en su interior.

Al día siguiente, mientras Colombia vivía su típico guayabo post navidad, Marcelo tomó una decisión que cambiaría su destino: entró a una iglesia. Llegó sintiéndose “sucio, contaminado, cochino, mal”, pero descubrió un refugio libre de juicios morales.

Ese sábado empezó un proceso de recuperación que ya suma quince años de constancia. Para Cezán, su cambio no es un asunto religioso convencional, sino un anclaje diario. “Todos los días hay tentaciones, todos los días hay dudas, todos los días hay rabias. Pero claro, cada vez… Estoy ahí, sostenido, pegado, anclado a una roca firme que es ese mundo espiritual”.

La herencia del corazón restaurado

Hoy, Marcelo Cezán ha logrado fusionar al personaje público con el ser humano: Edgar Gómez. Su vida familiar dio un giro radical de la mano de su esposa, Michelle Guti, y de su hijo, Fabricio, quien se ha convertido en su mayor motivación para madrugar, trabajar y ser un ejemplo de bondad.

Sobreviviente de la marginación y el olvido, enfoca su presente en la empatía y la misericordia. No ha olvidado el frío de la calle ni la desesperación de la adicción. Por eso, asiste a quienes lo necesitan: en el podcast contó la historia del saxofonista sin hogar a quien animó en un momento difícil, recordando siempre que él también estuvo ahí.

Para Marcelo Cezán, la verdadera riqueza no radica en los contratos de miles de dólares, sino en la capacidad de mirar al otro con misericordia, extendiendo la misma mano que le salvó de la oscuridad.

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