El alcalde Alejandro Eder lideró la atención del terremoto en Cali, pero el senador Duvalier Sánchez aprovechó la tragedia para hacer politiquería en el HUV

Aunque suene increíble, una catástrofe como el terremoto registrado el pasado 10 de agosto es una oportunidad para muchos.
Para quienes ejercen la autoridad, por ejemplo, es la ocasión perfecta para mostrar su liderazgo, su entereza, su compromiso con el cargo que ejercen.
Si alguien ha demostrado eso y más es el alcalde de Cali, Alejandro Eder. Hasta antes del terremoto la imagen del mandatario caleño no era buena. Se le reconocía su entrega, pero se le cuestionaban los resultados.
También se decía que estaba muy enconchado en su oficina del CAM y que le faltaba conexión con el ciudadano de a pie.
Pero el 10 de agosto eso cambió. Desde el primer momento Eder se puso al frente del rescate de las víctimas. Se le vio en los sitios en donde colapsaron edificios, estuvo en los albergues que acogieron a las víctimas, guio al Presidente en su recorrido por diferentes puntos de la ciudad, en los sitios de acopio de ayudas hizo presencia permanente. Todo un general de trinchera.
Sus apariciones en los medios fueron oportunas y, en la medida de lo posible, tranquilizadoras. Su esposa Taliana Vargas también ha trabajado duro y ha acompañado a su marido en los momentos más difíciles.
Las medidas tomadas por la Alcaldía, toque de queda, ampliación de pico y placa, cierre de vías, también fueron pertinentes.

Pero el reto para el Alcalde apenas comienza. Salió bien librado en la primera etapa de la atención del desastre, pero ahora viene un reto mucho mayor: la reconstrucción de la ciudad.
Reto nada sencillo, dada la magnitud de los daños causados por el sismo: 24 edificios totalmente colapsados, 243 edificios con colapso parcial y 245 con daño estructural verificado. Y decenas por verificar.
Según el propio Eder, la recuperación de la ciudad valdrá alrededor de $10 billones. El municipio aportará porcentaje, pero el mandatario deberá moverse mucho para conseguir la parte gruesa.
Es hora de que el Alcalde aproveche los contactos que tiene en el exterior con entidades multilaterales y de que capitalice la buena relación que parece tener con el nuevo gobierno. Cali es una ciudad pobre y por mucho esfuerzo que se haga sola no podrá financiar la reconstrucción.
La gobernadora Dilian Francisca Toro ha hecho un trabajo silencioso pero efectivo. Ha visitado los municipios afectados como El Aguila, Roldanillo, El Cairo y ha palpado de primera mano la magnitud de los destrozos causado por el terremoto. Asimismo, ha distribuido ayuda a los damnificados y ha tendido puentes con el Gobierno Nacional.
La mayoría de los políticos caleños concejales y congresistas han trabajado arduamente. Algunos mediaron parta que restaurantes dieran miles de raciones para alimentar a los rescatistas. Otros consiguieron maquinaria para ayudar con el rescate de las víctimas, otros aportaron materiales para reconstrucción.
Pero no faltaron los que aprovecharon la ocasión no para colaborar sino para estorbar, haciendo politiquería barata.
El ejemplo más claro de esos estorbos fue el senador Duvalier Sánchez, a quien le dio por pararse, megáfono en mano, en el acceso del Hospital Universitario a lanzar diatribas y a obstaculizar el ingreso de heridos y el paso de rescatistas y personal de socorro.
El congresista llegó hasta las afueras del recinto asistencial en momentos en que el acceso se encontraba restringido por motivos de seguridad y se dirigió a los familiares congregados a las afueras del hospital, cuestionando la respuesta gubernamental frente a la tragedia. No era el sitio ni el momento para ponerse a hacer proselitismo.
La mejor descripción del lamentable papel cumplido por Duvalier en la postragedia la hizo el columnista de la revista Semana Juan Camilo Caicedo:
“Desde el lunes pasado, dice Caicedo en su escrito, “el señor congresista lleva recorriendo Cali en una carrera maratónica para ver en dónde estorba —o, como él dice, ayuda—. Arrancó en el suroeste, la zona más destruida de la ciudad, en donde andaba frenético posando detrás de edificios derrumbados.
“Como no podía estar en todas partes al mismo tiempo, mandó a uno de sus alfiles políticos al aeropuerto a incordiar a unos rescatistas mexicanos y sacarles declaraciones. Luego vino a Bogotá, al Congreso de la República, donde dedicó su valioso tiempo, no a proponer proyectos de ley o gestionar ayuda —eso para qué—, sino a lo verdaderamente valioso: hacer un video”
“En este se adjudicó haber traído a los topos mexicanos, a pesar de que no fue así. El muy humilde hizo del video un elogio al yo. Yo hice, yo gestioné, fui yo y nadie más que yo. Cual monarca absoluto, solo le faltó decir: “La tragedia soy yo”.
Ya el sábado, en medio del desespero por encontrar novedosas formas de hacer marketing con la muerte, el senador se fue al Hospital Universitario. Ahí se lo vio corriendo con premura. Y es que justo en ese lugar —seguramente por sus ocupaciones de padre de la patria— todavía no había tenido tiempo de hacer lo de él: estorbar.
Pero como “no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”, el doctor Duvalier se propuso estorbar allí más que en los sitios donde previamente había estorbado: megáfono en mano, bloqueó una calle y terminó por sabotear el trabajo de los rescatistas”.
Esperar que un político no trate de capitalizar un escenario de estos, donde toda la atención del país está centrada, sería demasiada ingenuidad. Pero lo que sí se les puede pedir a los “hombres de la patria” es que sumen (incluso se tolera que exhiban su “generosidad”).
Pero sobre todo se les debe exigir que no estorben de una manera tan patética como hizo Duvalier Sánchez, quien, una vez más, hizo valer su remoquete del “vivo bobo” de la política vallecaucana.
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