Así era la vida de los cuatro profesionales médicos y el piloto de origen turco voluntario que fallecieron en el accidente de la avioneta de la Patrulla Aérea

Una hora después de haber despegado del aeropuerto Mandinga, en Condoto, Chocó, con destino al aeropuerto de Guaymaral, al norte de Bogotá, con cinco personas a bordo, la avioneta Cessna T206 con matrícula HK-4985 se perdió entre las espesas montañas del Parque Nacional Tatamá, entre Chocó y Risaralda. Era el domingo 13 de septiembre.
La zona donde se perdió el Cessna es una de las más agrestes de la cordillera Occidental. El Parque Tatamá se levanta ahí con pendientes que en algunos tramos llegan a los sesenta grados, cubierto de vegetación densa que desde el aire oculta cualquier resto metálico.
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Los helicópteros Black Hawk y Bell 212 que sobrevolaron el sector no pudieron aterrizar; el terreno no lo permitía. Los pilotos de la Fuerza Aérea optaron por descender a sus rescatistas por cuerda, a más de nueve mil pies de altura, cerca de la vereda Oscordó, en jurisdicción de Pueblo Rico. Fue ese equipo el que confirmó, tras casi dos días de rastreo, que la aeronave se había partido en varias secciones al impactar contra la montaña. No hubo indicios de incendio ni de explosión. El miércoles 16 de septiembre, en un segundo punto donde se localizó otra parte del fuselaje, se hallaron los cuerpos de los cinco ocupantes. Esa misma tarde el hallazgo fue confirmado oficialmente.
🚨 A 9 mil pies de altura estarían cuerpos din vida .
Así busca rescatar cuerpos sin vida de los ocupantes de la avioneta Cessna T206 (matrícula HK4985) que cubría la ruta Condoto–Guaymaral y fue hallada en Chocó eran cuatro pasajeras y el piloto.
La Fuerza Aérea, Insertó un… pic.twitter.com/H2BpXgR3kk
— Esperanza Vargas Q (@EsperanzaVargaQ) September 16, 2026
El piloto se llamaba Mehmet Cankaya, turco, de 43 años. Había llegado a Colombia hace más de una década para abrir la operación local de una empresa de turismo dedicada a conectar viajeros entre Turquía y América Latina, negocio que terminó dirigiendo como gerente general. Durante la pandemia, cuando el turismo se detuvo casi por completo, decidió sacar la licencia de piloto de aeronaves pequeñas. Acumuló alrededor de quinientas horas de vuelo y se vinculó como voluntario a la Patrulla Aérea Civil Colombiana, la organización que reúne a pilotos particulares dispuestos a trasladar médicos y suministros hacia zonas del país donde llegar por tierra puede tomar días. La Cessna que pilotaba era, además, el avión de su familia: en ella solían volar también su esposa y sus hijas.
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Las otras cuatro personas a bordo eran mujeres dedicadas a la medicina. Yuliza Figueredo Rodríguez trabajaba como radióloga en la Clínica del Country y daba clases en universidades como la Militar Nueva Granada. Perla Constanza Álvarez era subgerente de Convenios Médicos en Colmédica. Sandy García ejercía como enfermera y coordinaba el centro médico de vacunación de esa misma entidad. María Guzmán, médica vinculada a la Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud, cumplía también funciones de auditora médica de tutelas para Colmédica. Las cuatro compartían, además del oficio, la costumbre de dedicar parte de su tiempo a las brigadas de salud que la Patrulla Aérea Civil organiza junto con Colmédica y la Clínica del Country desde hace más de diez años.


La que resultó ser su última misión se había desarrollado entre el 11 y el 13 de septiembre en Condoto. La convocatoria surgió después del sismo que sacudió la región en agosto y dejó a varias comunidades con dificultades adicionales para acceder a atención médica. Durante esos días, el equipo ofreció consultas de medicina general, ginecología y pediatría y llegó a atender a cerca de seiscientas personas, muchas de las cuales rara vez tienen la posibilidad de ver a un especialista sin desplazarse varias horas. La logística dependía en buena parte de vuelos como el que hacía Cankaya, capaces de acortar en minutos trayectos que por río o por trocha toman jornadas enteras.
La noche anterior al vuelo de regreso, según el relato de una persona que compartió la brigada con ellos, algunos del grupo caminaron por las calles de Condoto buscando dónde comprar un helado. Entre risas, comentaron el riesgo que implica subirse una y otra vez a avionetas pequeñas para llegar a estos operativos, un riesgo del que ya habían sido testigos en accidentes anteriores de otras misiones. Doce horas después, esa misma avioneta despegaba con ellos de regreso a Bogotá.
Las cinco personas murieron haciendo lo que llevaban años haciendo: trasladar, diagnosticar, vacunar, enseñar y volar para que la medicina llegara a lugares donde de otro modo no llega.


