matar al hombre, profanar al muerto

matar al hombre, profanar al muerto

Las FARC no se conformaron con matar al hombre: necesitaron humillar al muerto. Cuando la muerte no basta, queda al descubierto la barbarie

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Apoderarse del cuerpo de un soldado muerto no es un detalle más de la guerra. Es un acto que revela cómo se mira al enemigo cuando ya no puede defenderse. Enfrentar a un hombre armado es una cosa. Quedarse con su cuerpo cuando ya no puede disparar, avanzar, responder ni escapar es otra. El combate había terminado. La amenaza había desaparecido. Había un cadáver.

Y las FARC decidieron quedarse con él.

Que un integrante de una organización terrorista empuñe un arma contra el Estado no lo convierte en soldado, ni transforma a esa organización en una institución legítima. Es un hombre armado que ha escogido la violencia contra el Estado y contra la sociedad. Pero ni siquiera frente a un terrorista desaparece un límite elemental: muerto, ya no puede atacar, negociar, huir ni defenderse. La confrontación terminó con su capacidad de hacer daño.

No puede ser vencido por segunda vez.

Por eso resulta tan grave lo ocurrido. Un cadáver no puede rendirse ni desafiar a nadie. Quien ejerce poder sobre él ya no está enfrentando a un enemigo; está ejerciendo dominio sobre alguien indefenso.

¿Qué clase de victoria necesita un muerto?

La deshumanización comienza antes de tocar un cuerpo. Comienza cuando el otro deja de ser visto como persona y queda reducido a una etiqueta. Desaparece el nombre, después la historia, la familia, los afectos, los miedos. Todo aquello que hacía de ese hombre alguien único queda sepultado bajo una palabra: enemigo.


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Cuando esa palabra ocupa todo el espacio, ya no se mira a un hombre. Se mira aquello que representa.

De ahí a convertir su cuerpo en cosa hay un paso.

El hombre desaparece y queda la cosa.

Entonces el cadáver puede servir como trofeo, mensaje, instrumento de presión o pieza de negociación. Ya no importa la vida que hubo detrás. Importa lo que los vivos pueden hacer con sus restos.

Lo execrable está precisamente ahí. No solamente en haber tomado el cuerpo de un soldado, sino en haber prolongado sobre ese cuerpo una relación de poder que la muerte ya había terminado. Las FARC no tuvieron delante a un combatiente capaz de responderles. Tuvieron delante a un hombre muerto y, aun así, lo trataron como si todavía fuera necesario someterlo.

Durante décadas las FARC envolvieron su violencia en palabras como pueblo, justicia y paz. Pero frente al cadáver de un enemigo las palabras pierden cualquier capacidad de ocultar el acto. La dignidad humana no se demuestra proclamándola; se demuestra cuando está delante de nosotros alguien a quien rechazamos y, aun así, reconocemos que sigue siendo un ser humano.

Frente a un cadáver, las palabras ya no alcanzan para ocultar el acto.

Respetar al amigo no exige demasiado. El límite aparece frente al enemigo, y más todavía cuando ese enemigo está muerto.

Desde mucho antes de las guerras modernas existe una regla sencilla: al muerto se le devuelve a la tierra. No porque haya sido nuestro amigo, ni porque compartamos sus ideas, ni porque debamos aprobar sus actos. Se le devuelve porque la muerte puso fin a su relación con el combate.

El hombre que ayer podía ser una amenaza ya no puede hacer daño.

Ha dejado de ser enemigo en el combate. Es un ser humano muerto.

Que esté muerto no borra sus responsabilidades ni convierte sus actos en inocentes. Tampoco obliga a compartir sus ideas. Exige algo mucho más elemental: reconocer que ya no puede enfrentarnos.

La guerra puede convertir al adversario en una amenaza. Lo que no puede hacer es convertir su cadáver en una cosa. Cuando la ideología, el odio y la obediencia consiguen borrar esa diferencia, el juicio desaparece y la conducta empieza a justificarse por sí misma. El hombre deja de preguntarse qué está haciendo y comienza a actuar solamente porque el otro ha sido clasificado como enemigo.

Comprender cómo se fabrica al enemigo no significa justificar a quien termina tratándolo como una cosa.

Este episodio retrata a las FARC con una crudeza que ningún discurso puede corregir. Una organización puede cambiar su lenguaje, hablar de paz, aparecer en escenarios políticos o presentar nuevos rostros. Hay conductas que, sin embargo, desnudan lo que las palabras intentan cubrir.

Esta es una de ellas.

Las FARC tuvieron delante el cuerpo de un soldado muerto. No tenían delante a alguien que pudiera atacarlas, desafiar su poder o hacerles daño. Tenían delante a un hombre que ya no podía defenderse.

Y decidieron apropiarse de su cuerpo.

Después de la muerte quedaba algo elemental: devolverlo a quienes lo esperaban y reconocer que allí ya no había un enemigo en combate. Había un ser humano muerto.

Las FARC escogieron otra cosa: prolongar sobre un cadáver una relación de poder que la muerte ya había terminado.

No hace falta adornar el hecho ni buscarle una justificación política. El muerto no podía combatir. No podía defenderse. No podía hacerles daño. Y aun así, necesitaron ejercer poder sobre él.

Ahí termina cualquier discurso sobre humanidad.

Mataron al hombre. Después necesitaron profanar al muerto.

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