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Se ha vuelto casi un chiste decir que, después del terremoto, uno de los nuevos paseos de los caleños consiste en salir a ver edificios averiados. Alguien pasa despacio, señala una grieta, toma una fotografía, otro cambia el recorrido para acercarse a una calle cerrada; se comenta dónde cayó una fachada, cuál edificio quedó inclinado, dónde aparecieron los puntales, qué cuadra ya no se puede atravesar.
Algunos han visto en esas caminatas curiosidad, chisme, incluso morbo y seguramente algo de eso habrá; toda desgracia puede convertirse en espectáculo en estos tiempos de hegemonía mediática y el sufrimiento ajeno puede terminar reducido a una fotografía que pasa de teléfono en teléfono. Pero tal vez estamos llamando de la misma manera a miradas muy diferentes.
Una cosa es invadir una intimidad y otra interesarse por algo que, aunque tenga propietario, hace parte de la ciudad que compartimos. La diferencia no es menor; una casa es un lugar privado, allí están las fotografías, los muebles, las camas, las conversaciones y esas pequeñas cosas con las que cada familia va armando su mundo. Cuando una pared se cae, algo de esa intimidad queda involuntariamente expuesto. El terremoto abrió habitaciones que no estaban hechas para ser vistas desde la calle y frente a ellas hay que saber guardar distancia.
Pero la ciudad no es privada; una casa está levantada sobre un suelo, conectada a unas redes, sometida a unas normas, vecina de otras casas, abierta hacia una calle; un edificio puede tener dueño, pero su estabilidad les importa a quienes viven al lado y a quienes pasan por debajo. Lo que ocurre dentro de un predio pertenece muchas veces a una familia, las condiciones en que hemos construido, ocupado, regulado y cuidado la ciudad nos conciernen a todos.
A lo mejor, por eso tanta gente ha salido a mirar después del 10 de agosto. Se camina, se compara, se pregunta, alguien recuerda que ese edificio llevaba años deteriorándose, otro quiere saber por qué acordonaron la cuadra, una persona fotografía una columna y otra pregunta cuándo podrán regresar los vecinos. No hace falta convertir cada una de esas acciones en una virtud ciudadana; habrá curiosidad, habrá imprudencia y habrá también quien convierta la desgracia ajena en entretenimiento u oportunismo político, pero reducir todo eso al morbo nos impediría advertir algo que también está ocurriendo: la gente quiere entender qué le pasó a la ciudad.
Y tiene derecho a hacerlo; el terremoto no solamente dañó viviendas y edificios, puso delante de nosotros preguntas que durante mucho tiempo pudieron permanecer encerradas en oficinas, expedientes, planos y saberes especializados: dónde hemos construido, sobre qué suelos, con qué controles, qué ha ocurrido con las edificaciones envejecidas, quién vigila, quién autoriza, quién responde y qué se hará ahora con los lugares que ya no pueden seguir siendo habitados como antes.
Son preguntas técnicas, desde luego, pero no son propiedad de los técnicos; ahí hay una discusión que apenas comienza. La reconstrucción puede entenderse como una suma de decisiones sobre predios particulares: este edificio se demuele, aquel se refuerza, esta familia recibe una ayuda, aquella presenta una reclamación; pero también puede obligarnos a discutir algo más grande y necesario, qué ciudad quedó al descubierto con el terremoto y qué ciudad queremos volver a levantar sobre ella.

En esa conversación la ciudadanía debe ser una invitada; durante demasiado tiempo hemos aceptado una manera de producir la ciudad en la que muchas decisiones decisivas parecen pertenecer a otros. El propietario decide dentro de su propiedad, el constructor construye, el especialista dictamina, la administración autoriza y los habitantes terminamos enterándonos cuando la obra está hecha, cuando aparece el problema o como ahora, cuando la tierra mueve aquello que creíamos estable; la ciudad queda repartida entre competencias, propiedades y saberes hasta que resulta difícil reconocer aquello que pertenece a todos.
Un desastre altera también esas fronteras; lo que le ocurrió a una familia merece intimidad y respeto, pero las condiciones que hicieron posible su vulnerabilidad, las decisiones que se tomaron o dejaron de tomarse, el estado de los edificios, los suelos que ocupamos, las redes de las que dependemos y las decisiones sobre lo que vendrá después no pueden quedar protegidos por esa misma privacidad.
Por eso mirar puede tener una dimensión cívica. Mirar es preguntar, comparar, recordar, relacionar una grieta con otra, preguntarse por qué allí sí y unos metros más allá no, escuchar a quien vivía en el edificio antes de escuchar únicamente el dictamen sobre el edificio, reconocer que el conocimiento de una ciudad tampoco está solamente en los mapas, los escritorios o los informes institucionales, está en quienes conocen una cuadra porque la han caminado durante treinta años, en quien sabe dónde aparecía el agua cada invierno, en quien recuerda cuándo comenzó a inclinarse una pared o cuándo dejaron de hacerse determinados mantenimientos.
Eso también es conocimiento de la ciudad y quizá por eso la discusión sobre la mirada es más importante de lo que parece. Hay miradas que invaden y hay miradas que convierten el dolor en espectáculo, pero también existe el riesgo contrario, una ciudad cuyos habitantes sean llamados a no mirar, no preguntar, no acercarse, porque siempre habrá alguien que supuestamente sabe más y decidirá por ellos.
No quisiéramos una Cali así. Después del terremoto tendremos que reconstruir viviendas, calles, equipamientos y muchas otras cosas que todavía no alcanzamos a dimensionar, pero también tendremos que reconstruir nuestra relación con la ciudad, saber más de ella, caminarla, preguntar cómo funciona, discutir las decisiones que se toman sobre su futuro, entender que una ciudad es demasiado importante para reducirla a la suma de sus propiedades y demasiado compleja para dejarla exclusivamente en manos de quienes poseen un conocimiento especializado sobre alguna de sus partes.
Tal vez eso hacen también algunos caleños cuando cambian su recorrido y se detienen unos minutos frente a un edificio averiado; no solamente están viendo lo que le ocurrió a otro, están intentando comprender qué nos ocurrió. Una ciudad común también empieza por reconocer que tenemos derecho a mirarla.
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