Terremoto en el mundo interior según Murakami

Terremoto en el mundo interior según Murakami

Murakami convierte el sismo de Kobe de 1995 en metáfora de las fracturas internas. Sus personajes enfrentan la soledad, el vacío y la pérdida de certezas

Bellos y profundos los cuentos de Haruki Murakami reunidos bajo el título: Después del terremoto. Mayor simbolismo sugiere en su título japonés, con la posible traducción de: Los hijos de Dios bailan. Dolorosas historias relacionadas con el sismo de Kobe acaecido el 17 de enero de 1995.

En entrevista, Murakami manifestó encontrarse en Estados Unidos cuando ocurrió la tragedia. Kobe, su ciudad natal, fue completamente destruida. Se preguntó a la distancia qué podía hacer un novelista frente a un desastre de esa magnitud. La respuesta fue la indicada: utilizar la imaginación literaria para auscultar el alma de los seres humanos. Evitar lo visible de la catástrofe para indagar lo invisible: los disturbios mentales de los sobrevivientes y develarlos literariamente

Utilizó el sismo como una metáfora para visualizar la demolición interior de sus personajes después del acontecimiento. Función esencial de la literatura: bucear la consciencia del ser humano para revelar sus venturas y desventuras terrenales.

Concibió sus relatos haciéndose preguntas esenciales: ¿Qué le ocurre psicológicamente a una persona cuando su sensación de seguridad se quiebra? ¿Qué le pasa cuando los remezones materiales de la tierra le desbaratan el mundo programado en su mente? La respuesta la dio con sus personajes: el terremoto les rompió la ilusión de la vida estable, también les despertó la necesidad de levantarse a partir de los escombros materiales y espirituales. 

Sus personajes descubrieron de pronto la presencia de un momento fundamental en sus vidas. Estaban conminados a reflexionar sobre su relación consigo mismo, con los demás e, incluso, con el universo. Obligados a mirar la existencia más allá de la superficie, de lo inmediato

Veinte segundos de estremecimiento sobre la tierra —duración del terremoto de Kobe— fueron suficientes para descubrir el vacío de sus existencias. Les removió el edificio interior, agitación que les permitió develar esa oculta vacuidad y adquirir la certeza de que es mucho más lo que falta que lo que se tiene. 

Se les ensanchó la soledad, uno de los temas más constantes en la literatura de Murakami. Sus personajes deambulan aislados; incluso, cuando mantienen relaciones con otras personas son motorizados por un aislamiento íntimo, difícil de explicar. 


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Aún sin haber sufrido físicamente el terremoto, a varios de ellos se les desbarató su mundo racional y emocional. Se les destruyó parte de sus construcciones mentales, pero también se les despertó la necesidad de una conexión social. 

Con una actitud íntimamente humana, se fueron espontáneamente contra todo mandato del sistema, contra la moral de sálvese quien pueda y se entregaron con pasión a la solidaridad. Quizás allí recuperaron una sensación ancestral: el sentido de pertenencia a una comunidad humana y el respeto por ella.

El terremoto les abrió una grieta en la consciencia estándar para darle salida a lo que guardaban dentro. Surgieron entonces los sueños, los símbolos, las figuras misteriosas, las situaciones casi fantásticas: imágenes creadas para romper las fronteras entre lo consciente y lo subconsciente de cada personaje. El sismo funcionó como el origen de una transformación psicológica, un cambio personal, una ruptura con el orden programado.

Pasada la catástrofe, la ciudad pudo reconstruirse, pero los personajes ya no pudieron regresar completamente a su estado anterior. Fue difícil la reparación material, pero mucho más difícil, la emocional. A pesar de la dificultad para encontrar una nueva manera de vivir, lo lograron, pero con muchas crisis.

“Después del terremoto, —escribió Murakami— el mundo ya no volvió a ser el mismo”. Ya no es el mismo porque se nos derrumba por un tiempo, diría yo, la estabilidad del mundo ilusorio en el que nos han acostumbrado a transitar.

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Egresado de la Escuela Normal de Barranquilla, de la Universidad libre de Bogotá, del Instituto Caro y Cuervo, doctor en Literatura Hispanoamericana de La Sorbona en París, profesor de Literatura durante 30 años en la Universidad Surcolombiana de Neiva. Autor de varias novelas, libros de cuentos y ensayos literarios.

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