Decirle a quien perdió su hogar que “lo material se recupera” minimiza una tragedia que destruye símbolos, memoria y vidas mucho más allá de lo económico
Texto escrito por: Lizandro Penagos

Un terremoto destruye mucho más que casas, edificios o negocios. Una tragedia de esta magnitud interrumpe los sistemas sociales de las poblaciones afectadas y por extensión de toda una región o un país por sus efectos colaterales (negativos y positivos, que los hay); fragmenta el tejido de la comunicación entre las víctimas y su contexto, entre quienes padecen directamente y quienes quedan a salvo, pero sufren sus efectos; y lo peor, surge lo más execrable de la condición humana con robos, saqueos y oportunismo gubernamental. Al tiempo, la catástrofe encumbra ciertos discursos con los que la cultura popular se mantiene en pie y oculta bajo los escombros, inequidades, responsabilidades, negligencias o corrupción, que se amparan en la fe o en alguna creencia. Decirle a una persona que lo perdió todo, que lo importante es que está viva y que lo material se consigue, debería proscribirse del diálogo cotidiano y del mediático. ¡O que Dios lo quiso así!
No. Perder todas las cosas no es tan simple, aunque se conserve la vida. Y no es un apego materialista o una actitud resultante del consumo desbordado o la mera tenencia. No. Develar y asumir responsabilidades también ayuda. Vale la pena recordar la frase de Jorge Luis Borges, que hasta cuando se equivocaba era brillante: “Es tan triste el amor a las cosas; las cosas no saben que uno existe”. Si bien refleja la idea melancólica de apegarse a objetos inanimados o cotidianos que son totalmente indiferentes a nuestra vida, el escritor casi ciego sentía no sólo un apego emocional sino una dependencia real por su bastón y por sus libros. La materia carece de conciencia, pero nosotros no. Una casa no es un montón de ladrillos organizados, ni un cúmulo de cemento y varillas. Las cosas ignoran que existimos, pero existimos en bienestar en buena medida gracias a ellas, por ellas y para ellas.
No. No podemos reducir las cosas a la nada absoluta. El impacto de ellas sobre los seres es inexorable y devastador cuando desaparecen en estas situaciones. Es cierto que no todas las culturas ni generaciones actúan bajos los mismos parámetros. Para los indígenas su casa es parte del territorio, que lo es todo, su Pachamama milenaria. Para los afros, significa menos, porque fueron desarraigados de su espacio y arrastran ese desapego histórico. Para un ‘gringo’, para un europeo, para un joven de la Generación Z, incluso para los Millennials, ciudadanos del mundo, la casa es una limitación a su nómada y moderna autonomía. Pero para alguien cuyo apartamento resume su objetivo de vida, el resultado de su esfuerzo vital y el refugio de sus últimos años, la casa es casi todo. Una fotografía, que congeló un momento y mantiene vivo a ese ser querido ido del que se desciende; una figura religiosa, que acoge y protege espiritualmente a toda la prole; una joya, cuyo valor afectivo es más grande que todo el oro del mundo. Muchas cosas viven y hasta sobreviven en las casas.
No. No debemos normalizar, ni romantizar, ni minimizar, la pérdida material. Como toda pérdida requiere un trabajo de duelo y de acompañamiento, de trabajo para superarla, una ética del cuidado que comienza a través de la palabra. Decirle a alguien que lo material no importa, es una falta de conciencia y de respeto. Una casa es un hogar y su desaparición física es una pérdida que supone un dolor que va mucho más allá de lo económico. Así como una familia no es una manada a la que se le arroja comida tres veces al día, el lugar que se habita encierra mucho de lo que somos, porque allí hay símbolos de lo que fuimos o hemos sido. Incluso de lo que seremos, cuando las familias se apoyan, se reúnen y crecen. Todo en un hogar informa, da cuenta de un pasado, de una persona, de un momento, de algo que trasciende lo objetivo y se instala en los sentimientos y anhelos.
No. Un techo no es solo aquella figura literaria de nombre extraño para referirse a toda la casa o el hogar. No es solo una sinécdoque, una palabreja que informa del todo con una parte. Una casa o un apartamento son una cosa y muchas cosas: historia, emociones, proyectos, cooperaciones, logros, afecto, luchas, pasiones, herencias… y nada de lo anterior en términos estrictamente monetarios. Por eso su derrumbe arruma también las esperanzas, por eso no importa si es una choza o una mansión, guarda mucho más que el calor y protege mucho más allá del frío. Por eso no importa si es propia, cedida o arrendada, su afectación arrincona emocionalmente y agrieta los sentimientos. Por eso hay que fortalecer el pensamiento crítico frente a las consecuencias de las voces de aliento, tanto como de cara a las repercusiones de las ayudas, que no deben generar o agravar otras situaciones.
No. No volvamos a decirle a nadie en medio de la tragedia que lo material no importa y que lo más importante es la vida. Hay personas más derrumbadas que su vivienda. Y qué tal si la vida se levanta y se sostiene con una casa y qué tal si la vida es apenas un relámpago fugaz y la casa esa difícil probabilidad adquirida perdida en poco más de un minuto. No es necesario morir para perder la vida. No nos dejemos llevar ni reducir por discursos lastimeros que revictimizan, por ideas con las que se evaden compromisos. En la tragedia inmediata o rápida la solidaridad se destaca, pero va pasando en unos días o semanas, porque la vida de todos sigue y cada quien debe buscar su acomodo y su forma de sobrevivir. El pueblo ayuda y salva al pueblo. Pero esa solidaridad espontánea no puede terminar convertida en rutina, porque se vuelve mendicidad.
No dejemos que eso suceda. Las grandes tragedias en Colombia son el testimonio de dos cosas: la inmensa solidaridad de la mayoría de sus ciudadanos y la enorme incapacidad del Estado para ejercer el trabajo que debería hacer oportunamente. Es incomparable cómo actúan los gobiernos de EE.UU. ante los huracanes o los japoneses ante los terremotos. Aquí se enseña y aprende a mendigar, escribió William Ospina en su ya mítico ensayo ¿Dónde está la franja amarilla? (1996) De ahí que la tragedia lenta —a diferencia de la rápida—no genere la misma actitud solidaria. Hay poblaciones que sobreviven o superviven cada día, sin que se movilice mucho para ayudar. Hay familias que han comido mejor en la última semana que en toda su vida y han tenido cobijas más calientes y palabras más alentadoras frente a su precariedad y presencia en los medios que los han invisibilizado por años.

No fueron esta vez los más pobres los únicos que lo perdieron todo, que suele ser casi nada. Esta vez fueron también quienes tenían algo que, si bien no es riqueza, simboliza logros que les son esquivos a la mayoría. Ya para finalizar, valga traer a colación al protagonista de La caída (1956), la novela de Albert Camus escrita en clave de monólogo, quien revela que la limosna era un acto egoísta para sentirse superior y alimentar su vanidad, no por compasión genuina; pues esta supuesta caridad funcionaba como una máscara para adorarse a sí mismo y buscar admiración de los demás. Noto mucho de Jean-Baptiste Clamence en tanta gente que ayuda para figurar en redes. Ayude todo lo que pueda, pero hágalo en silencio. Porque la gran ayuda —la ineludible ayuda, la más importante, es la reconstrucción de esos miles de casas y apartamentos, de hogares— le corresponde al Estado y a sus gobiernos.
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